Bases praxeológicas de la ciencia jurídica
El Derecho desde la Praxeología: Más Allá de las Normas Impuestas
Una
nueva perspectiva para la ciencia jurídica
Tradicionalmente, el derecho se ha definido como un
sistema de normas destinadas a regular la conducta humana, centrando el debate
filosófico en cómo se crean estas reglas y cuáles deben ser sus límites. Sin
embargo, existe otro enfoque: estudiar el derecho a partir de los conflictos
reales, las elecciones individuales y las interacciones que surgen de ellas.
Para lograrlo, es fundamental recurrir a la praxeología (la ciencia de la acción humana), una
disciplina que ya ha transformado con éxito el análisis económico.
El
éxito de la economía como referente
Ludwig von Mises logró integrar los fenómenos
económicos dentro de este marco general de la acción humana. Gracias a la
praxeología, la economía pudo desarrollar principios teóricos universales para
comprender el intercambio en el mercado (Cataláctica), convirtiéndose en la
ciencia social con mayor evolución teórica.
A pesar de este avance, el derecho no ha corrido la
misma suerte. Por lo general, se le sigue considerando un conjunto de mandatos
superiores y obligatorios dictados por una autoridad política. Incluso las
posturas más liberales, aunque defienden que las leyes deben basarse en la
naturaleza humana y limitarse a prohibiciones negativas (no agredir los
derechos ajenos), siguen viendo al derecho simplemente como el
"marco" o las "reglas del juego" externas al mercado.
El
objetivo del estudio
Si analizamos la sociedad desde una perspectiva
praxeológica, el derecho no puede ser algo ajeno o externo al mercado, sino una
parte viva e integrante de él. Por lo tanto, el propósito de este trabajo es
investigar y sentar las bases praxeológicas necesarias para construir una
teoría del derecho que emane directamente de la acción humana y de la interacción social, en lugar
de originarse en normas superiores impuestas por el poder político.
Evolución de las Concepciones del
Orden Social: Del Constructivismo al Orden Espontáneo
Dos
visiones contrapuestas del orden social
A partir del siglo XVII, Europa continental y el mundo
anglosajón desarrollaron interpretaciones opuestas sobre la sociedad:
·
La visión continental (racionalista y
constructivista): Sostuvo que el orden social debe ser diseñado y
dirigido por una autoridad central. Esta postura influyó profundamente en las
ciencias sociales y condujo, durante los siglos XVIII y XIX, a una era de
codificación y regulación extrema de las decisiones humanas más básicas.
·
La visión anglosajona (evolución espontánea):
Liderada por los filósofos morales escoceses (como Adam Smith, David Hume y
Adam Ferguson), planteó que la sociedad progresa de forma no planificada. El
orden social surge de manera natural como el resultado de incontables
decisiones individuales orientadas a fines particulares, logrando una
estructura tan compleja que ninguna mente humana podría haber diseñado.
La
naturaleza humana como punto de partida
Para entender este orden espontáneo, los pensadores escoceses
analizaron primero la psicología humana, identificando tres principios
universales del comportamiento:
1.
El ser humano actúa siempre movido por su propio
interés y beneficio personal.
2.
Posee un conocimiento y una capacidad cognitiva
limitados.
3.
Se desenvuelve en un entorno donde los recursos son
escasos.
Bajo estas premisas, concluyeron que el progreso no
nace de un plan maestro ni de un contrato social originario. El bienestar
colectivo es la consecuencia imprevista de millones de personas persiguiendo
sus propios objetivos. Esta perspectiva evolucionista e individualista influyó
más tarde en pensadores de Alemania e Inglaterra (como Savigny, Humboldt y
Maine) hasta consolidarse en la Escuela Austríaca de Economía a través de Carl
Menger.
El Individualismo Metodológico y la
Praxeología
El
ser humano como único agente de acción
Para estudiar correctamente la sociedad, se debe
empezar por el análisis del individuo, un enfoque denominado individualismo metodológico. La
Escuela Austríaca adoptó este principio a través de la praxeología (la ciencia
de la acción humana). Como explicaba Ludwig von Mises, la praxeología estudia
primero la conducta del hombre aislado y, posteriormente, analiza la
cooperación social como una extensión de esa acción fundamental.
Las colectividades (naciones, estados o iglesias) no
poseen una existencia real o independiente; son conceptos conceptuales que solo
cobran vida a través de los actos de las personas que las integran. No existe
una "vida colectiva" separada de los miembros que forman un grupo.
Por ende, para comprender cualquier entidad social, es obligatorio
descomponerla y analizar las acciones de los individuos que la componen.
El
peligro de las metáforas colectivistas
Es un error teórico considerar al individuo como una
simple pieza de un engranaje colectivo. En la realidad, cada persona pertenece
simultáneamente a múltiples grupos, comportándose de manera distinta en cada
uno y albergando intereses que a veces se contradicen, algo que solo se puede
entender desde la individualidad.
Los grupos no actúan ni tienen propósitos propios.
Expresiones como "el
gobierno decidió", "la
policía arrestó" o "el
país creció" son meras herramientas del lenguaje para simplificar
descripciones que, de otro modo, serían muy complejas. En términos reales:
· No decide el Gobierno, sino un funcionario específico usando las
facultades legales que posee.
· No arresta la Policía, sino un agente concreto en cumplimiento de
su deber institucional.
· No crece el País, sino que se registra un saldo demográfico
positivo entre nacimientos, muertes y migraciones de individuos en un
territorio.
Nota
importante: Aunque estas metáforas son útiles en la vida
cotidiana, en el ámbito científico resultan peligrosas. Acostumbran a la
sociedad a creer que el Estado o la Nación tienen una mente, personalidad o
fines independientes de sus ciudadanos. Evitar este error —lo que Ayn Rand
llamaba la "premisa
tribal" (considerar al colectivo como un ente superior y separado del
individuo)— es un requisito indispensable para construir cualquier teoría
social válida.
Atributos Esenciales de la Acción Humana en el Análisis Social
Para construir un análisis sólido de la sociedad y del
derecho, es indispensable delimitar qué rasgos de la conducta humana son
verdaderamente relevantes. La praxeología identifica cuatro características
fundamentales:
La
acción humana es voluntaria y deliberada
Los seres humanos necesitan actuar para asegurar su
supervivencia. Sin embargo, no todo movimiento físico es relevante para las
ciencias sociales; los actos reflejos, automáticos o forzados carecen de
impacto en la formación de los fenómenos colectivos.
Solo el comportamiento
deliberado —aquel que persigue un objetivo seleccionado de antemano— cuenta
como acción humana. Tener un propósito permite al individuo razonar, evaluar su
entorno y elegir los medios más adecuados para alcanzar sus metas.
Ejemplo:
Conocer las reglas del ajedrez y mover las piezas mecánicamente no es jugar;
solo se está jugando realmente cuando esos movimientos se realizan con el
propósito consciente de vencer al rival.
Los
individuos actúan movidos por su propio interés
Toda acción nace del deseo de sustituir una situación
actual poco satisfactoria por una mejor; en términos formales, el ser humano
actúa en busca de su propia felicidad o bienestar. Para lograrlo, asume
voluntariamente ciertos costos porque valora más el objetivo que espera
alcanzar.
Los fines elegidos y las herramientas para lograrlos
son estrictamente individuales. Dependen por completo de la escala de valores,
el conocimiento y el contexto de cada persona. Aunque un individuo cometa
errores de los que se arrepienta en el futuro, en el instante preciso de tomar
la decisión, lo hace bajo la convicción de que esa opción mejorará su estado
presente.
El
conocimiento es limitado, personal, contextual y disperso
A diferencia de otros organismos guiados por el
instinto, los seres humanos no somos omniscientes. Tomamos decisiones para
sobrevivir basándonos en un conocimiento que posee cuatro rasgos críticos:
· Es limitado: Nuestra
capacidad de comprender la realidad es restringida. Paradójicamente, mientras
más aprendemos, más conscientes nos volvemos de nuestra propia ignorancia, lo
que dificulta entender con exactitud el origen y evolución de la sociedad.
Asimismo, es vital diferenciar información de conocimiento: los datos puros no sirven de nada si
no se comprende el contexto que les da sentido.
· Es personal: El conocimiento
no se colectiviza automáticamente por vivir en sociedad; reside únicamente en
las mentes individuales. Su transmisión requiere un esfuerzo consciente entre
quien lo posee y quien lo recibe. No existe un "conocimiento social"
totalizado; el verdadero reto es cómo aprovechar saberes que están
fragmentados.
·
Es contextual y falible: Lo que hoy
aceptamos como una certeza científica puede ser refutado mañana con nuevos
descubrimientos. Por ello, el enfoque correcto no es buscar fuentes infalibles,
sino diseñar mecanismos para detectar y corregir errores de forma constante.
·
Es disperso y asimétrico: El saber está
repartido de manera desigual. Cada persona domina la información de su entorno
inmediato y su profesión, pero la desconoce a medida que se aleja de su
círculo.
Ejemplo: Un
pescador humilde en el puerto de Guayaquil sabe mucho mejor qué y cómo comprar
allí que un Premio Nobel de Economía. Friedrich Hayek denominó a este fenómeno
la "división del
conocimiento", un factor tan crucial para las ciencias sociales como
la división del trabajo, ya que el saber específico jamás se presenta de forma
unificada, sino fragmentado en múltiples mentes.
Las
personas interactúan en un entorno de recursos escasos
La escasez es la realidad material en la que se
desenvuelven las relaciones humanas. Si los recursos fueran infinitos, ciencias
como la economía no tendrían razón de ser. Debido a que la mayoría de los
bienes y servicios no están disponibles de forma libre en la naturaleza, deben
producirse mediante la cooperación humana. Por lo tanto, las reglas jurídicas
que regulan la convivencia y el intercambio son determinantes para incentivar o
frenar dicha producción.
Esta escasez obliga a los individuos a competir y
colaborar en el mercado, un proceso guiado por las valoraciones personales
reflejadas en el sistema de precios. En este escenario, todo beneficio implica
un costo de oportunidad: el
esfuerzo realizado y la renuncia inevitable a otros bienes alternativos. Así,
cada persona orienta su conducta evaluando costos y beneficios a partir de las
señales económicas y sociales de su entorno.
Las elecciones se rigen por la
preferencia temporal
El momento en el que se logran los objetivos es un
factor crucial en la toma de decisiones. Por naturaleza, el ser humano prefiere
la satisfacción inmediata a la futura; por lo tanto, está dispuesto a
sacrificar una mayor cantidad de recursos con tal de acortar el tiempo de
espera para obtener lo que desea.
La preferencia
temporal es el motor de la mayoría de los contratos e intercambios voluntarios.
Ejemplo: Un
comprador prefiere disfrutar de un vehículo hoy mismo y acepta pagar un precio
final más alto financiado en cuotas. Por el contrario, el concesionario
prefiere recibir una suma total mayor a largo plazo en lugar de mantener el
automóvil inmovilizado en su inventario.
Debido a que las entregas y los pagos en los
intercambios no suelen ocurrir de forma simultánea, surge el derecho de
contratos como la herramienta jurídica necesaria para regular estos desfases en
el tiempo.
La
cooperación social y la división del trabajo potencian el bienestar
La interacción voluntaria entre los individuos es el
mecanismo más efectivo para generar riqueza y elevar la calidad de vida. Como
demostró Adam Smith, esta colaboración descansa sobre la división del trabajo, la cual
florece de manera espontánea cuando cada persona busca su propio beneficio y se
especializa en aquello para lo que tiene ventajas competitivas (lo que hace
mejor, más rápido o a menor costo).
La sociedad progresa porque la inteligencia humana
comprende que el trabajo coordinado y especializado es infinitamente más
productivo que el aislamiento autosuficiente. Bajo este esquema, el mercado se
convierte en el espacio natural de convivencia, ya que cada individuo es el mejor
juez de sus propias necesidades y las satisface pactando libremente con otros.
Por el contrario, la interacción forzada por el
mandato de una autoridad central o de un grupo solo responde a los objetivos de
quienes ostentan el poder, anulando los proyectos de vida individuales. Para
asegurar que cada persona pueda buscar su propia felicidad, las relaciones
deben basarse en el intercambio pacífico de valor por valor. Como apuntaba Ayn
Rand, intentar tratar con los hombres mediante la fuerza es un sinsentido
inviable.
Esta dinámica quedó inmortalizada en la célebre
premisa de Adam Smith en La
riqueza de las naciones: a diferencia de los animales, el ser humano adulto
necesita constantemente de sus semejantes, pero no puede depender únicamente de
su benevolencia. La forma más segura de obtener lo que necesitamos es apelando
al interés propio de los demás, ofreciéndoles un beneficio a cambio. No
disponemos de nuestra cena por la caridad del carnicero, el cervecero o el
panadero, sino porque ellos buscan su propia ganancia al proveérnosla.
Si partimos de las características de
la acción humana descriptas en el punto anterior, podemos extraer interesantes
conclusiones respecto de cómo se forma el orden de la sociedad.
Al examinar esas características
puede concluirse que, en contradicción con lo que ha sido una creencia muy
común, el orden no es producto de la autoridad o el diseño generado por una
mente específica, sino la espontánea consecuencia de la interacción de millones
de personas, buscando cada una su propio bienestar. Veamos cuáles son los
elementos distintivos del orden social:
La
acción humana produce muchas veces consecuencias que no son buscadas ni tenidas
en cuenta por el actor.
Los filósofos morales escoceses,
junto con Bernard de Mandeville, desarrollaron una visión de la sociedad
concebida como un orden producido por muchas personas que interactúan buscando
su beneficio propio, adecuando su conducta a lo necesario para lograr la
cooperación de los demás.
Mandeville sostenía que “los
servicios recíprocos que todos los hombres se prestan unos a otros constituyen
el fundamento de la sociedad”. Esto es, veía a la división del trabajo como
modo de paliar las necesidades humanas.
Una característica común del orden de
la sociedad es que esa acción de los hombres buscando sus propias metas, genera
muchas veces consecuencias que no fueron buscadas por ellos, pero que influyen
en buena medida en la forma en que se comportarán los demás.
Adam Ferguson acuñó la famosa frase
según la cual “las naciones tropiezan con instituciones que ciertamente son el
resultado de la acción humana, pero no la ejecución del designio humano”. Esta
afirmación de Ferguson contiene dos presupuestos que resultan básicos para el
pensamiento de estos autores:
·
Que los hombres no “inventan” desde cero, sino que innovan a partir de
condiciones o instituciones que fueron el fruto de acciones humanas anteriores,
y
·
Que la yuxtaposición de multitud de planes individuales produce, al
entrecruzarse, resultados que no necesariamente eran los buscados por sus
autores.
La moneda, la moral, el derecho, el
mercado, el lenguaje, son algunos ejemplos brindados por Ferguson de estos
órdenes surgidos a partir de ciertas conductas humanas, pero sin constituir el
diseño de persona alguna. Por supuesto que si no hay personas actuando, no
existe lenguaje, no existe moneda, ni derecho, ni mercado; pero ninguna persona
o grupo en particular diseñaron estas instituciones. Son el producto no buscado
de ese intercambio sostenido en el tiempo.
Adam Smith se remitía a este fenómeno
cuando explicó el origen de la prosperidad en Europa. Señalaba el autor
escocés: Una de las revoluciones más importantes hacia la prosperidad económica
de los pueblos se llevó a cabo por dos clases de gentes, a quienes jamás se les
ocurrió la idea ni el meditado fin de prestar semejante servicio a sus
coterráneos. La satisfacción de la vanidad más pueril fue el único motivo que
guió la conducta de los grandes propietarios, en tanto que los mercaderes y
artistas obraron con miras a su propio interés, consecuencia de aquella máxima
y de aquel mezquino principio de sacar un penique de donde se puede. Ninguno de
ellos fue capaz de prever la gran revolución que fueron obrando insensiblemente
la estulticia de los unos y la laboriosidad de los otros.
En general, el concepto que la
expresión “mano invisible” capturó tan gráficamente –un concepto que Carl
Menger rescató como un “entendimiento orgánico del fenómeno social” y Hayek, en
el siglo XX, catalogó como un “orden espontáneo”- se compone de tres pasos
lógicos. El primero es la observación de que la acción humana frecuentemente
tiene consecuencias que no son entendidas ni
buscadas por los actores. El segundo paso es el argumento de que la suma
de estas consecuencias impensadas de una gran cantidad de personas en un largo
período, dadas las condiciones correctas, resulta en un orden entendible para
la mente humana y que aparece como si fuese el producto de algún planificador
inteligente. El tercer paso y final es el juicio de que este orden es
beneficioso para los participantes, de una manera que ellos no buscan pero que
de todos modos les resulta deseable.
Los
fenómenos sociales son la suma de decisiones particulares.
La sociedad no es un ente distinto de
los individuos que la integran, ni se mantiene unida en virtud de una
“dirección unitaria” que armonice las acciones de los individuos, sino que la
cooperación deriva, sin programación alguna, del intento de realizar fines
individuales.
No existe un plus o agregado a las
decisiones individuales, que tenga entidad o vida propia más allá o distinta de
aquellos conceptos abstractos que utilizamos para definirlos. Esta
circunstancia produce dos consecuencias fundamentales: 1) el conjunto no es
algo diferente de la suma de sus partes; 2) no hay un producto definitivo que
se pueda configurar de antemano. La sociedad es lo que es, podría ser otra
cosa, probablemente lo sea en el futuro, no tiene un propósito ni un fin. Se
moldea día a día a través de volubles decisiones tomadas por muchas personas
que actúan guiadas por propósitos individuales y cambiantes. Es en definitiva
el conjunto de múltiples intercambios libres y voluntarios.
Pero la circunstancia de que el orden
resultante no sea el producto de la decisión deliberada de ninguna persona en
particular, no significa que sea otra cosa distinta o superior a ese conjunto
de decisiones individuales.
Los
fenómenos sociales son fenómenos complejos
Esta idea de que las acciones
personales pueden tener consecuencias que no fueron buscadas y trascienden el
interés y hasta el conocimiento de los actores, hace que los fenómenos sociales
deban ser considerados fenómenos complejos.
Tales fenómenos están formados por la
interacción de personas cuya conducta no es predecible, en circunstancias
siempre cambiantes. Un fenómeno similar, por estas circunstancias, tampoco se
repetirá necesariamente en el futuro. Hayek sostuvo respecto de los fenómenos
de la mente y de la sociedad: Uno de los resultados principales alcanzados
hasta ahora por la labor teórica en estos campos creo que es la demostración de
que los acontecimientos singulares por lo general dependen de tantas
circunstancias concretas que jamás podremos realmente estar en condiciones de
averiguarlas todas; y que, por consiguiente, no sólo los ideales de predicción
y de control están mucho más allá de nuestro alcance, sino que también es
ilusoria la esperanza de poder descubrir a través de la observación conexiones
regulares entre los distintos acontecimientos.
Hayek entendía que dentro de las
ciencias sociales, la teoría económica ha avanzado más que otras en construir
un cuerpo teórico coherente. Pero aún la economía está destinada a descubrir
tipos de modelos que se presentarán si se cumplen ciertas condiciones, no
obstante lo cual es casi imposible derivar de tal conocimiento la predicción de
fenómenos específicos.
De hecho, las explicaciones que dan
los economistas, frecuentemente están precedidas de la expresión latina ceteris paribus, es decir, en la medida
en que todas las demás condiciones se mantengan inmutables. Pero lo cierto es
que dichas condiciones difícilmente se mantengan sin cambio, en tanto dependen
de decisiones volubles de seres humanos que cambian sus preferencias. Por ello
los economistas se refieren a estas condiciones como “variables”, que por
definición “varían”.
De este modo, los fenómenos sociales
son complejos porque dependen de muchas decisiones cambiantes de personas que
tienen objetivos diferentes y personales, y que contribuyen a formarlos muchas
veces sin proponérselo deliberadamente.
Para tomar un ejemplo básico, los
precios que están a disposición de las personas, sobre los cuáles puedan tomar
sus decisiones futuras vinculadas con gastos e inversiones, no son el producto
de una autoridad o persona que decidió fijarlos, sino de una cantidad
impredecible de decisiones individuales, cambiantes, adoptadas sobre la base de
distintos objetivos y circunstancias externas, por personas que no tenían la
menor idea de que su decisión contribuía a establecer un precio. Cuando una
autoridad pretende sustituir este proceso complejo por una decisión única de
modificar el precio por motivos políticos, desconoce la esencia básica de los
fenómenos complejos.
Comprender esto es muy importante,
pues permite abandonar rápidamente la idea tan extendida en nuestro tiempo y
aceptada generalmente como una racionalización, de que la complejidad de estos
fenómenos precisamente justifica que sea una autoridad única la que los
planifique y dirija.
Este error pude verse en cualquiera
de los ejemplos traídos por Ferguson. El intento constructivista por crear un
idioma que sea aceptado y empleado por todos sólo acabó desarrollando el Esperanto, que se enseña en un puñado de
academias a pocas personas con mucho tiempo libre. Incluso las organizaciones
que pretenden ser las autoridades finales de un idioma, como la Real Academia
Española, lo que frecuentemente hacen es “legitimar” vocablos que el uso
extendido de las personas ya ha incorporado al lenguaje sin necesidad de su
bendición. Todos los intentos que diariamente ensayan los gobiernos para
conducir, modificar o controlar al mercado fallan irremediablemente. El
derecho, producto de reglas espontáneas y decisiones libres, degeneró en
legislación escrita, cada vez más extensa y minuciosa, y consecuentemente, cada
vez más efímera e ineficiente.
Por ese motivo Hayek sostuvo que el
concepto de “ley”, entendido como una regla que vincula un fenómeno a otro
según el principio de causalidad, tiene escasa aplicación en la teoría de los
fenómenos sociales: “aunque poseamos teorías relativas a estructuras sociales,
dudo que conozcamos ´leyes´ a las que los fenómenos sociales obedezcan”.
La
sociedad como un proceso dinámico.
El proceso social es complejo porque
está formado por gran cantidad de decisiones individuales que no pueden ser
previstas ni reglamentadas. Pero al mismo tiempo, es un proceso en constante
movimiento, toda vez que esas personas mutan su conducta en virtud de gran
cantidad de factores que inciden sobre sus decisiones. Esta característica de
los procesos sociales es esencial para comprender por qué fallan los intentos
de regular la sociedad a través de legislación o mandatos.
Las personas toman decisiones sobre
la base del conocimiento disponible, y guían sus acciones hacia los fines
previamente buscados. Pero estas decisiones se modifican en la medida en que
las preferencias y conductas personales cambian, la tecnología evoluciona,
existen variables que escapan a la previsión como el clima en el largo plazo,
cambia el conocimiento disponible, las modas y costumbres, etc..
De este modo existe una relación de
dos vías: en la medida en que las demás personas cambian su conducta, nosotros
cambiamos la nuestra para acomodar la nueva situación a nuestros fines
personales; y consecuentemente, en la medida en que nosotros modificamos
nuestra conducta, producimos cambios en la ajena.
Por ese motivo, no es posible sacar
una fotografía de la sociedad en un momento determinado y pensar que esa
sociedad permanecerá así inmutable en el futuro. Sin embargo, es precisamente
esto lo que buscan diariamente legisladores en todo el mundo, cuando quieren
establecer “marcos regulatorios” a determinadas actividades sobre la base
de cómo se desarrolla dicha actividad
en el momento en que se proponen regularla. Incluso la propia sanción de la ley
provocará cambios en la conducta de las personas afectadas, que intentarán
acomodarse de tal modo que puedan aprovechar sus beneficios y eludir sus
costos, tornando así ilusoria la pretensión de los legisladores de que la
fotografía en la cual se basaron se mantenga inalterable.
Es verdad que los cambios en las
preferencias individuales no suelen ser constantes, abruptos ni irrazonables.
Las personas tienden a determinar sus preferencias siguiendo ciertos parámetros
racionales, lo que hace que no suelan modificarse sin motivos plausibles. Por
ello la estabilidad en las preferencias es uno de los elementos que se ha
tomado en consideración en el análisis económico del derecho. Pero estas
modificaciones, al igual que las restantes mencionadas, existen y deben ser
tenidas en cuenta al momento de examinar la evolución de los fenómenos
sociales. Por ello, las predicciones que los economistas realizan a partir de
ciertas situaciones de hecho, tienen un valor relativo.
El Derecho desde la Praxeología: Más Allá del Normativismo Estatal
Tradicionalmente, la filosofía jurídica ha definido al
derecho como un sistema de normas dictadas por una autoridad superior para
dirigir la conducta de los ciudadanos, centrando sus debates en cómo se crean
estas leyes y cuáles deben ser sus límites. Sin embargo, existe un enfoque
alternativo y más profundo: estudiar el derecho a partir de las elecciones
individuales, las interacciones sociales y los conflictos reales que surgen de
ellas.
Para abordar el derecho desde esta perspectiva
dinámica, es indispensable recurrir a la praxeología (la ciencia de la acción humana). Esta
disciplina ya ha sido el pilar fundamental de otra ciencia social íntimamente
ligada al derecho: la economía. Pensadores como Ludwig von Mises integraron con
éxito los fenómenos del mercado dentro del marco de una teoría general de la
acción humana. Gracias a ello, la economía pudo formular principios universales
para comprender el intercambio (Cataláctica) y lograr un extraordinario
desarrollo teórico.
A pesar de este éxito, el derecho no ha corrido la
misma suerte. Por lo general, se le sigue considerando un conjunto de mandatos
abstractos impuestos "desde arriba" por el poder político. Incluso
las posturas más liberales, aunque defienden que las leyes deben limitarse a
prohibiciones negativas (no agredir los derechos ajenos), siguen viendo al
derecho como un "marco de reglas de juego" externo al mercado. Si
analizamos la sociedad con rigor praxeológico, el derecho no puede ser algo
ajeno al mercado, sino que es una parte viva e integrante de él. El propósito
de este análisis es sentar las bases para una teoría del derecho que emane
directamente de la acción humana y no de los mandatos del Estado.
Evolución Teórica del Orden Social:
Del Constructivismo al Orden Espontáneo
A partir del siglo XVII, el entendimiento de la
sociedad se dividió en dos grandes corrientes metodológicas con un fuerte
impacto en el derecho:
·
La visión continental europea (Racionalista y
Constructivista): Planteó que el orden social debe ser diseñado,
planificado y dirigido por una autoridad central. En el ámbito jurídico, este
enfoque condujo durante los siglos XVIII y XIX a una era de codificación y
regulación extrema, donde el Estado pretendió reglamentar hasta las decisiones
humanas más elementales.
·
La visión anglosajona (Evolutiva y Espontánea):
Liderada por los filósofos morales escoceses (Adam Smith, David Hume, Adam
Ferguson) y continuada por pensadores como Carl Menger (fundador de la Escuela
Austríaca de Economía), demostró que la sociedad progresa de forma no
planificada. El orden social es el resultado natural de millones de decisiones
individuales orientadas a fines particulares; una estructura tan compleja y
eficiente que ninguna mente humana sería capaz de diseñar.
Para sostener esta postura, los pensadores escoceses
analizaron primero la psicología humana y dedujeron tres verdades universales:
1.
El ser humano actúa siempre movido por su propio
interés y beneficio personal.
2.
Posee un conocimiento y una capacidad cognitiva estrictamente
limitados.
3.
Se desenvuelve en un entorno donde los recursos son
escasos.
Bajo estas premisas, concluyeron que el bienestar
colectivo es la consecuencia imprevista de personas que persiguen sus propios
objetivos, y no el producto de un "plan maestro" o un contrato social
originario.
El Individualismo Metodológico contra
la "Premisa Tribal"
Para estudiar correctamente la sociedad y el derecho,
es obligatorio aplicar el individualismo
metodológico: el principio de que todo análisis social debe partir del
estudio del individuo, ya que los colectivos no tienen existencia real
independiente de los miembros que los integran.
Como explicaba Mises, las colectividades (naciones,
estados, iglesias) son abstracciones conceptuales que solo operan y cobran realidad
a través de las acciones de personas concretas. Los grupos no actúan ni tienen
propósitos propios. Expresiones cotidianas como "el Gobierno decidió" o "la Policía arrestó"
son meras metáforas para simplificar descripciones complejas. En la realidad,
es un funcionario específico quien toma una decisión política o un agente
concreto quien detiene a un sospechoso en uso de sus facultades legales.
Adoptar estas metáforas como verdades científicas es
un grave error que acostumbra a la gente a creer que el Estado tiene una
personalidad o fines superiores a los de sus ciudadanos. Para construir una
teoría social válida, se debe abandonar lo que Ayn Rand denominaba la "premisa tribal"
(considerar al colectivo como un ente supremo y separado del individuo) y
entender que el tejido social es la suma de elecciones individuales.
Los Seis Pilares de la Conducta
Humana en los Procesos Sociales
La praxeología delimita seis características
fundamentales del comportamiento humano que determinan cómo se forman los procesos
sociales y el derecho:
La acción humana es voluntaria y deliberada
Los
seres humanos necesitan actuar de manera consciente para sobrevivir. Los actos
reflejos, involuntarios o mecánicos carecen de relevancia social. Solo el
comportamiento deliberado —aquel que elige medios para alcanzar un fin
específico— constituye una verdadera acción.
Ejemplo:
Mover las piezas de ajedrez sin el objetivo de vencer al rival es un movimiento
puramente mecánico, no una acción con sentido.
Los
individuos actúan movidos por su propio interés
Toda acción humana busca sustituir una situación
actual poco satisfactoria por otra más agradable (la búsqueda formal de la
felicidad). El ser humano asume costos porque valora más el objetivo que espera
recibir a cambio. Aunque cometa errores de los que se arrepienta en el futuro,
en el instante preciso de elegir, lo hace bajo la convicción de que esa opción
mejorará su estado presente.
El
conocimiento es limitado, personal, contextual y disperso
A diferencia de los organismos guiados por el
instinto, los seres humanos no somos omniscientes. Nuestro conocimiento posee cuatro rasgos
críticos:
·
Es limitado: Nuestra
capacidad de comprender la realidad es restringida; de hecho, mientras más
aprendemos, más conscientes nos volvemos de nuestra ignorancia. Además, la información (datos puros)
no sirve de nada si no se comprende el contexto que le da sentido.
·
Es personal: El saber no se
colectiviza automáticamente por vivir en sociedad; reside únicamente en las
mentes individuales y su transmisión requiere un esfuerzo consciente.
·
Es contextual y falible: Lo que hoy
aceptamos como una certeza puede ser descartado mañana, por lo que el enfoque
correcto de la ciencia debe ser diseñar mecanismos para detectar y corregir
errores de forma constante.
·
Es disperso y asimétrico: El conocimiento
está repartido de manera desigual. Como señaló Friedrich Hayek, existe una "división del
conocimiento" tan crucial como la división del trabajo. Un pescador
humilde en su puerto sabe mucho mejor qué y cómo comprar allí que un Premio
Nobel de Economía. El saber jamás se presenta unificado, sino fragmentado en
muchas mentes.
Los
recursos son limitados y escasos
La escasez es la realidad material del mundo. Como la
mayoría de los bienes no están disponibles de forma libre en la naturaleza,
deben producirse mediante la cooperación. Por lo tanto, las reglas jurídicas
que regulan la convivencia son determinantes para incentivar o frenar dicha
producción. Esta escasez obliga a las personas a competir y colaborar en el
mercado bajo un sistema de precios y asumiendo siempre un costo de oportunidad (la
renuncia a opciones alternativas).
Las
elecciones se rigen por la preferencia temporal
Al ser humano no le resulta indiferente el momento en
que suceden las cosas: por naturaleza, prefiere la satisfacción presente a la
futura. Por ello, está dispuesto a sacrificar más recursos con tal de acortar
el tiempo de espera para obtener lo que desea. Esta preferencia temporal es el
motor de los intercambios y la razón por la cual nace el derecho de contratos,
ya que las prestaciones y los pagos no suelen coincidir en el tiempo.
La
cooperación social y la división del trabajo potencian el bienestar
La interacción voluntaria es el mecanismo más efectivo
para generar riqueza. La sociedad progresa porque la inteligencia humana
comprende que la división del trabajo —donde cada uno se especializa en lo que
hace mejor, más rápido o más barato— es infinitamente más productiva que el
aislamiento. El mercado es el espacio natural de esta convivencia, donde cada
individuo interactúa de forma pacífica intercambiando valor por valor. Por el
contrario, la fuerza o la dirección centralizada anulan los proyectos de vida
individuales y resultan inviables.
Elementos del Orden Social Espontáneo
y su Complejidad
El ordenamiento de la sociedad se define por cuatro
elementos distintivos:
·
Las consecuencias no buscadas: Al
buscar su propio beneficio, los hombres generan repercusiones colaterales que
moldean el comportamiento de la comunidad. Las grandes instituciones humanas
(el idioma, la moneda, el derecho, el mercado) son el reflejo de la acción del
hombre, pero no de sus planes originales. Ningún legislador las inventó;
surgieron de interacciones cotidianas sostenidas en el tiempo. Es lo que Adam
Smith graficó como la "mano
invisible" y Hayek llamó "orden espontáneo": un proceso donde los
actos particulares acumulados generan una estructura social coherente y
altamente beneficiosa que nadie planeó originalmente.
·
La suma de decisiones particulares: La
cooperación no requiere de una directiva centralizada. La sociedad es un
proceso en constante mutación que se moldea día a día a través de las
elecciones libres y voluntarias de las personas. El colectivo no es nada
diferente a la suma de sus componentes individuales.
·
Fenómenos complejos e impredecibles: La
interacción de seres humanos bajo condiciones cambiantes convierte a la
sociedad en un sistema de altísima complejidad. Como advirtió Hayek, es
imposible conocer todas las variables concretas de un suceso social, por lo que
la aspiración de predecir o controlar la sociedad de forma matemática es una
ilusión. Los mercados y las instituciones no se pueden planificar de arriba
hacia abajo: los idiomas artificiales (como el Esperanto) fracasan mientras que
las academias de lenguas solo formalizan lo que la gente ya habla; de igual
forma, los controles económicos colapsan y el derecho degenera cuando se le
transforma en una maraña de leyes estatales efímeras e ineficientes.
·
Un proceso dinámico en constante movimiento: Las
personas modifican sus decisiones continuamente debido a la tecnología, la
cultura o los cambios de preferencias. Existe una retroalimentación de doble
vía: adaptamos nuestra conducta cuando los demás cambian la suya, y nuestros
cambios alteran el entorno de los demás. Por eso fracasan los legisladores que
intentan dictar "marcos regulatorios" basados en una fotografía
estática de la sociedad; al promulgarse, la propia ley altera los incentivos y
las personas cambian de conducta para evadir costos, volviendo obsoleta la
regulación de inmediato.
Los Tres Pilares del Derecho
Praxeológico
Si el derecho emana de la libertad del individuo para
buscar sus fines (derecho a la defensa), de su facultad para intercambiar
(derecho de propiedad) y de su necesidad de previsibilidad a largo plazo, este
no necesita de una autoridad política para existir. En un entorno de
interacciones libres, el derecho surge de forma natural como un "sistema de
reclamaciones" frente a promesas incumplidas o daños sufridos.
Bajo la máxima de que cada persona es el mejor juez de sus propias preferencias,
el orden jurídico espontáneo se articula a través de tres pilares que
evolucionan conjuntamente de abajo hacia arriba:
Los
contratos
Son el vehículo por excelencia de la cooperación
social y el instrumento fundamental del mercado. Permiten coordinar la división
del trabajo y las transacciones a largo plazo. Dado que cada intercambio
implica un acuerdo de voluntades, el contrato y el intercambio económico son dos caras de
una misma moneda; de ellos nacen el reconocimiento mutuo de la propiedad y
las potestades legítimas de reclamo.
Normas
y principios abstractos
Las reglas de convivencia son el producto de una larga
evolución cultural y no de un decreto estatal. Mucho antes de la existencia del
lenguaje complejo o de conceptos modernos como "Estado" o
"legislación", los individuos ya respetaban normas consuetudinarias
(costumbres) para ser admitidos y cooperar dentro de sus grupos.
Estas normas se basan en la reciprocidad y el
principio de no agresión, sintetizados en las tres leyes fundamentales descritas
por David Hume: la estabilidad de la propiedad, su transferencia por
consentimiento y el cumplimiento de las promesas. Las normas abstractas se
nutren de dos fuentes prácticas y evolutivas:
·
La práctica contractual: Las cláusulas
privadas que demuestran ser eficientes se repiten a lo largo del tiempo hasta
convertirse en contratos tipo.
·
La resolución de disputas: La reiteración
de litigios particulares genera criterios de decisión de gran eficiencia que
subsisten en el tiempo. Ejemplos históricos de este derecho evolutivo son el
Derecho Romano clásico (desarrollado por jueces y jurisconsultos), el Common Law anglosajón
(basado en costumbres y precedentes judiciales) y la Lex Mercatoria medieval
(un cuerpo normativo homogéneo creado exclusivamente por y para comerciantes en
los puertos del Mediterráneo, por completo al margen de los estados o leyes
locales).
Las
instituciones
Desde una perspectiva económica, las instituciones no
son organizaciones políticas artificiales creadas por mayorías parlamentarias
para imponer mandatos de forma obligatoria. Las verdaderas instituciones son
los procedimientos, costumbres, reglas de conducta y esquemas de
responsabilidad que surgen voluntariamente entre las personas con el fin de
definir los derechos de propiedad y reducir los costos de transacción (las reglas del juego social).
Para evitar el error de pensar que fueron diseñadas
por el poder político, Hayek sugería llamarlas "formaciones" (como el dinero o el idioma).
La inmensa mayoría de los modelos contractuales y de los procedimientos
judiciales vigentes fueron originalmente prácticas privadas que se
generalizaron y perduraron debido a su éxito y utilidad.
La Solución de Conflictos y el
Problema del Enforcement
Existe el mito generalizado de que el derecho es
necesariamente de elaboración estatal porque se requiere del poder del Estado
para hacer cumplir (enforcement)
las leyes, contratos y sentencias. Sin embargo, analizado en sentido estricto,
el derecho se ocupa exclusivamente de la prevención y el descubrimiento de
soluciones justas a los conflictos, no del mecanismo físico o coactivo de su
ejecución.
·
En una sociedad con gobierno, el uso de la fuerza
pública para ejecutar un fallo judicial no es un asunto estrictamente jurídico,
sino una función de índole política.
·
En una sociedad sin gobierno, las propias
instituciones y soluciones privadas desarrollan herramientas voluntarias tanto
para dirimir las disputas como para aplicar y ejecutar las soluciones
correspondientes.
Visto desde el individualismo metodológico, el derecho
se desarrolla con total independencia del Estado. Así como la economía ha
demostrado que el mercado funciona de manera autónoma y que la intervención
gubernamental lo estorba, a la misma conclusión se llega respecto al derecho.
En el mundo moderno, la inflación de leyes escritas y
el monopolio procesal del Estado han sustituido el proceso espontáneo de
creación jurídica por mandatos políticos autoritarios. La única función
legítima que le correspondería a un gobierno en el ámbito legal es la de actuar
como un mero ejecutor de las resoluciones alcanzadas voluntariamente por los
particulares, garantizando que no se use la coacción; un rol idéntico a su
única función económica de asegurar la libertad de los agentes en el mercado.
En ninguno de los dos casos la intervención del Estado pertenece a la esencia
de la ciencia jurídica o económica.
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