¿Odias a los políticos? Yo también, pero sigo siendo un sujeto político
El divorcio con las cúpulas
"Ya no creo en los políticos". Es una frase que escucho a diario entre amigos, familiares y en redes sociales. Y siendo honestos, es una postura completamente lógica. Los escándalos de corrupción crónicos, las promesas que se diluyen al día siguiente de las elecciones y la alarmante falta de integridad de quienes ocupan los cargos públicos generan una desconfianza justificada.
Sin embargo, hemos cometido un error de diagnóstico: confundir la politiquería con la política.
La política trasciende por completo a quienes ocupan temporalmente un palacio de gobierno o un escaño parlamentario. Reducirla a la corrupción de unos pocos es regalarles el monopolio de nuestro futuro. La verdadera política no se hace solo con un micrófono institucional; es, fundamentalmente, la herramienta colectiva que tenemos para diseñar la sociedad en la que queremos vivir.
Ciudadanía sin militancia: ¿Por qué nos concierne a todos?
No milito en ningún partido ni aspiro a un cargo público, pero me considero una persona profundamente política. ¿Por qué?
Porque no me da igual lo que pasa en mi país.
Porque elijo tener una postura crítica frente a las grietas sociales.
Porque entiendo que la indiferencia también es una decisión que cuesta caro.
Ser político es, como planteaba Fernando Savater, asumir la responsabilidad de nuestro entorno. Cada vez que defiendes un derecho, te informas antes de opinar, exiges transparencia o trabajas en un proyecto comunitario, estás haciendo política. La política está viva en el asfalto, en la conversación digital y en las aulas, no solo en los debates del Congreso.
Asumir que nuestras acciones individuales tienen repercusiones colectivas es el primer paso para dejar de ser espectadores.
Ciudadano Apático ──► "Todos los políticos son iguales" ──► Deja las decisiones en manos de otros.
Ciudadano Político ──► Crítico, informado y ético ──► Recupera el control del espacio público.
De espectadores a protagonistas
El verdadero cambio no va a descender de las cúpulas tradicionales; nacerá cuando la ciudadanía decida abandonar las tribunas y tomar el protagonismo de la vida democrática. No se trata de mantener una fe ciega, sino de ejercer un optimismo militante y estratégico. En lugar de renunciar a la esperanza por culpa de la corrupción, el contexto nos exige asumir la responsabilidad histórica de construir, desde nuestro espacio, la transformación que queremos ver en nuestra nación.
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